Durante más de 30 años tuve la oportunidad de trabajar muy de cerca con José María Cabral, para todos “Don Chepe” a secas. Cuando entré en Vicini como abogado consultor, todavía se encontraba laborando su padre, el respetado abogado de Santiago, José María Cabral Bermúdez.
El era, en ese entonces, la cara de la compañía y disfrutaba de la más plena confianza de los tres hermanos: don Gianni, Giuseppe y Felipe, la misma que después habría de gozar su hijo por derecho propio.
De carácter apacible y sencillo, don José María trataba por igual a todo el mundo. Lo recuerdo sentado con frecuencia en un banco, charlando amablemente con los demás choferes, mientras esperaba que el suyo pasara a recogerlo. Fue una cualidad que heredó y practicó “Chepe”, siempre accesible a todos.
Cuando conocí a “Chepe” cuando ya andaba en muletas a pesar de su juventud. El avance inexorable de la esclerosis múltiple había ido debilitando progresivamente sus músculos y limitando sus movimientos. Imaginaba que tenía que ser una situación de gran trauma emocional para quien como él, según me contaron quienes lo conocían de antes, era un joven vigoroso e incansable que acostumbraba a inspeccionar a caballo los potreros de los ingenios donde pastaba el ganado de la empresa, haciendo gala de sus habilidades como consumado jinete, saltando limpiamente los cercados y alambradas. Pese a ello nunca deslizó la menor queja ni le vi mermar su entusiasmo.
Estaba dotado de una aguda inteligencia y una notable visión para los negocios, algo que pude apreciar en muchas ocasiones de mi larga y estrecha relación con él. Hubo una ocasión en particular, cuando el Banco Central puso a subasta un terreno yermo, apenas a una cuadra de la antigua casona de Isabel la Católica, donde operaban las oficinas centrales de Vicini. La parcela revestía especial importancia para la empresa porque ofrecería facilidades de parqueo, del que entonces carecíamos. “Don Chepe” me dio la encomienda de concurrir a la licitación. Antes me preguntó cuánto creía que valía la misma. “Dos millones”, le respondí. “Ofrece cinco”, me dijo sin vacilar.
Cuando se abrieron los sobres de la subasta, la nuestra resultó ser la oferta más elevada y ganadora. De haber ofrecido menos, el terreno hubiera sido adjudicado a otro competidor cuya propuesta se aproximaba a los cuatro millones y medio. Entendí entonces que su correcta evaluación del terreno no radicaba en su valor intrínseco sino en la importancia que revestía su uso para la empresa. Gracias a esa aguda visión que poseía, sus decisiones resultaban siempre acertadas.



