A diferencia de años anteriores, cuando el paisaje cubano era acorralado por inmensas vallas que gritaban mensajes revolucionarios, ahora casi se las echa en falta. Solo en las paredes no escasean las consignas. Tampoco escasean los rostros de Fidel y el Ché, epítome el primero de un proceso que lleva ya casi cincuenta y ocho años, símbolo cuasi religioso el segundo. No muchas veces, todavía, aparece el de Raúl.
En las áreas restauradas de la Vieja Habana, mesa servida para un turismo creciente, la iconografía revolucionaria es hoy un producto vendible en moneda dura. Ya no amenaza. La banalización comercial la ha despojado de su significado primigenio. Los turistas compran cachuchas verde olivo, camisetas con el Ché inmortalizado por la cámara de Korda, viejos afiches y viejos libros expuestos por los libreros de la Plaza de Armas, con el mismo indiferente desparpajo con el que beben un mojito en La Bodeguita del Medio o un daiquirí en el Floridita. Con el mismo indiferente desparpajo con que bailan, contorsionándose como marionetas, en el portuario bar-restaurante Dos Hermanos.
No es la única incongruencia, si así puede llamarse. En el Hotel Nacional, declarado Memoria del Mundo por la Unesco y Monumento Nacional por el gobierno cubano, un enorme retrato de un joven Fidel Castro, mochila al hombro, preside el vestíbulo donde decenas de turistas arrastran sus maletas, abrasados solo por el deseo de ir a tumbarse al sol, bebida en mano. En este ambiente de jolgorio lúdico, la foto del líder recientemente fallecido parece una rareza. Sobre el dintel de uno de los varios salones de fiesta, Compay Segundo sonríe. El domingo, en la pared del pasillo que conduce a ese mismo salón, el Ché también sonreía; el jueves había desaparecido para dar paso a un estand donde se venden objetos diversos a la pléyade de artistas que se dan cita en La Habana con ocasión del Festival Internacional de Cine.


