Ser honesto o tratar de serlo en una sociedad enferma, en estado agónico, al borde del colapso, con un cáncer que ha hecho metástasis en todos sus orgánicos, desde la familia, célula vital de la ética y la moral, hasta las cúpulas de los partidos políticos, económicas, culturales, intelectuales, profesionales, policiales y militares, tiene un precio muy alto que no muchos están dispuestos a pagar para no ser crucificados, marginados y maldecidos hasta por su propia familia que no le perdonan ser diferente.
En un país donde los valores del éxito y del poder están relacionados con la política, la corrupción, el narcotráfico, la prostitución y el crimen, sin un régimen de consecuencias, donde el borrón y cuenta nueva se reelige cada cuatro años, ser honesto es un problema.



