Algunos pululan por las calles como si no tuvieran familia. Para estos la basura es su comida si algún samaritano no se detiene a darles algo de comer.
Nadie los reclama. Pasan frío, hambre, duermen a la intemperie, sufren burlas por parte de gente que no los comprende y son vulnerables al abuso. Hay quienes son reconocidos por los ciudadanos que los ven a diario en puntos importantes de la ciudad donde siempre están.
No tienen quien los bañe, quien los cambie de ropa ni mucho menos quien les dé sus medicinas.
Esta es la realidad de los enfermos mentales que solo tienen el cielo como techo en República Dominicana.
Mientras, quienes cuentan con la “dicha” de vivir en un hogar y con una familia que pueda suplirles algunas necesidades, como alimentación, ropa, cariño, comprensión y medicina, si cuentan con los recursos económicos y pueden pagar los servicios médicos de un siquiatra, pueden vivir un poco mejor
Sin embargo, no todos los que tienen problemas mentales que viven en un hogar pueden ser atendidos por sus familiares, muchos no reciben la medicación ni la asistencia médica que necesitan. Ello se debe a la situación económica de la familia y a la desprotección del Estado hacia estas personas.
En ese sentido, ¿qué puede hacer una familia de escasos recursos con un enfermo mental en su hogar? Sería un acto inhumano echarlo a la calle, dejar que pase frío, hambre, y sea víctima de la delincuencia y abusos que a diario se ven en el país.
Sin embargo, hay enfermos mentales que son incontrolables porque no reciben la atención médica que necesitan, no quieren estar en un hogar y si la familia no sabe cómo tratarlos se podría convertir en una amenaza para quienes les rodean.
La poca inversión en políticas firmes a favor de los enfermos mentales y las familias que deben convivir con ellos es una problemática que afecta a la sociedad y una realidad triste, pero sin dolientes, que pone en peligro la estabilidad emocional de todos los miembros del hogar, y en algunas ocasiones, hasta cobra vidas.
Un caso reciente fue el de Altagracia Benítez, de 71 años de edad, quien fue víctima de su propio hijo, Eduardo Benítez de 44 años, de quien la familia dice no saben lo que tienen. Solo veían a su madre echarle unas gotas en las comidas que este iba a ingerir.

